Antes de subir al ring, Jesús Alejandro Sánchez Marín ya había librado una de las peleas más importantes de su vida. No había rivales frente a él ni campanas marcando el inicio de un combate. Su adversario era el sobrepeso y el objetivo parecía sencillo en el papel: perder 20 kilogramos. Lo que no imaginaba era que aquella decisión terminaría transformando por completo su camino.
Estudiante de Economía en la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa, Jesús encontró en el boxeo mucho más que una herramienta para mejorar su condición física. Hace seis años se colocó por primera vez unos guantes y descubrió una pasión que lo atrapó desde el inicio. “Los golpes se vuelven adictivos”, reconoce entre risas al recordar sus primeros entrenamientos, cuando comenzó a entender que detrás de cada sesión existía una disciplina capaz de cambiar vidas.
Su realidad cotidiana está lejos de ser sencilla. Como muchos deportistas universitarios mexicanos, debe dividir su tiempo entre los estudios, los entrenamientos y el trabajo. Mantener el equilibrio entre las exigencias académicas de la licenciatura en Economía y las demandas del deporte de alto rendimiento representa un reto permanente, pero para él el esfuerzo tiene sentido. Está convencido de que los resultados no llegan de manera inmediata y que cada meta requiere paciencia, sacrificio y constancia.
En ese recorrido, el boxeo también le ha regalado algo que no esperaba encontrar: una segunda familia. Entre gimnasios, concentraciones y competencias ha construido amistades que hoy considera fundamentales en su vida. Compañeros de entrenamiento, rivales y colegas boxeadores forman parte de una comunidad que comparte los mismos sueños, las mismas derrotas y la misma búsqueda de superación.
Cuando las jornadas se vuelven más pesadas, Jesús encuentra su principal fuente de inspiración en casa. Su madre y su abuela son el motor que impulsa cada entrenamiento y cada combate. A ellas dedica sus esfuerzos y los logros que ha conseguido dentro del cuadrilátero. También reconoce el respaldo que ha recibido de la UAM Iztapalapa, de sus entrenadores, directivos y profesores, quienes han contribuido a que pueda desarrollarse tanto en el ámbito académico como en el deportivo.
El orgullo universitario ocupa un lugar especial en su identidad. Representar a la UAM significa defender algo más grande que un resultado deportivo. “Siempre seré orgulloso de ser Pantera Negra de la UAM”, afirma con la convicción de quien entiende que portar un uniforme implica compromiso, pertenencia y responsabilidad.
Por eso, cuando piensa en las nuevas generaciones de deportistas universitarios, su mensaje es claro: no rendirse nunca. La disciplina, la humildad y la perseverancia son valores que considera indispensables para alcanzar cualquier objetivo. Porque si algo le enseñó el boxeo es que las victorias más importantes no siempre se consiguen sobre el ring; algunas comienzan el día en que una persona decide levantarse y cambiar su vida golpe a golpe.
