Trece años después, el balance es difícil de cuestionar. La ABE logró establecer una estructura nacional estable, con ascensos y descensos, divisiones competitivas, reglamentos homogéneos y una fase final reconocida como los “Ocho Grandes”, que se convirtió en uno de los eventos deportivos universitarios más importantes del país. Lo que comenzó con poco más de un centenar de equipos terminó consolidando una red nacional que hoy involucra a más de cien representativos universitarios de instituciones públicas y privadas.
Pero quizás la mayor aportación de la ABE no está en sus campeonatos ni en sus estadísticas. Su principal legado fue demostrar que el deporte universitario mexicano podía organizarse bajo un modelo de liga permanente, con calendario regular, identidad de marca y sentido de pertenencia institucional. Mientras otros deportes concentraban su actividad en competencias de corta duración, la ABE generó una temporada completa que permitió dar continuidad al desarrollo deportivo de los estudiantes-atletas.
La relevancia de esta experiencia cobra especial valor en 2026. En medio de la transformación histórica que vive el deporte universitario nacional con la llegada de ANUIES como organismo rector, la ABE aparece como un caso de estudio obligado. Su historia demuestra que la colaboración entre universidades públicas y privadas no solo es posible, sino que puede traducirse en proyectos sólidos y sostenibles. En un momento en el que el sistema deportivo universitario mexicano busca redefinirse, la Liga ABE ofrece una lección sencilla pero poderosa: las instituciones pueden competir en la cancha sin dejar de construir juntas fuera de ella.
La pregunta ya no es si la ABE fue importante. La verdadera pregunta es cuántas disciplinas más podrían seguir el camino que abrió el basquetbol universitario mexicano hace más de una década.
